La intimidad de la materia


Héctor Schmucler

La textura es una idea que se aloja en la intimidad de la materia. Sin embargo no es la materia ni, necesariamente, la forma. La textura es una percepción sensorial que nutre a la forma; algo donde la vista puede reconocer el tacto: la mirada que toca una inmaterialidad. Las fotografías que ofrece Gabriel Valansi aluden a la textura que atraviesa otras imágenes en las que habita el espíritu de un tiempo, ZeitGeist. El espíritu de una época signada por guerras en las cuales, cada vez más, los seres humanos fueron importando menos.
En ZeitGeist palpitan, simultáneamente, el eco de una vocación romántica que hace dos siglos se enamoraba de la tierra para encontrar en ella un destino y la resonancia de una lengua que, olvidada de sus poetas, expresó en el siglo veinte la sonoridad del mal. Gabriel Valansi interrumpió continuos de realidades fijadas en distintos soportes técnicos para desnudar su textura (la de la realidad y la de la imagen) y permitir que aparezca la inquietante presencia del mal. No se trata de que muestren el mal, porque el mal es indescriptible. Se abren, más bien, a un espacio donde vibra la presencia del mal.En las fotografías de Gabriel Valansi transita una amenaza. Fragmentos de fragmentos, aparecen ante el espectador promesas fantasmales que transforman los elementos. El agua, el aire, la tierra, el fuego, se niegan como origen de las cosas y se ven forzadas a plegarse a la destrucción. Elementos primordiales que, en vez de nacimientos, anuncian máquinas destructoras como si fueran sombras apacibles. Colapso de la esperanza. Cuando el mal se adivina en el rostro de un niño, el futuro queda clausurado.
En vez de fotografías, texturas. En la forma, que es puro pensamiento, hay algo duramente material. Como el ritmo, donde nace la música y la poesía y la armonía de los cuerpos que se funden en el amor. El ritmo: textura y misterio. La textura como huella de que algo ha sido antes y, a la vez, huella fundadora, iniciática. La huella como instauradora y no como signo de otra cosa: escritura. La textura como texto, como tejido. Disposición y orden de los hilos de una tela o de las partículas de un cuerpo, la textura –tejido y texto- por analogía sonora remite al tacto, que es tocar, tañer : un ejercicio del tacto que , entre otras cosas, hace sonar las campanas. Tocar las campanas es exactamente eso: tocarlas para que suenen. Las fotografías-texturas de Gabriel Valansi son la piel sensible que toca un horror irrepresentable.
No hay heroísmo en estas guerras que conforman el espíritu de la época, sino la pura violencia, un mal tan sustantivo que es difícil explicitarlo. Por eso las imágenes no muestran las escenas que habitualmente simulan el espanto: ni cuerpos despedazados, ni la desesperación en rostros infantiles. El espíritu de la guerra está antes y después del pretendido realismo. Lo que causa terror es la parálisis del tiempo que fija y destaca el desprecio por la vida. Un terror sólo comparable al que produce la tragedia ante la presencia de fuerzas ingobernables de las que, turbadoramente, los hombres somos responsables.
Terror ante la sonrisa de un niño que deja asomar, en la raíz misma, una mueca cortada por una frase donde el destino estaba presente: "algún día necesitaremos ser fuertes y duros". Desde lo que pasó –porque llegó ese día y la memoria lo repite incesantemente- reconocemos la textura del mal. Como en esa imagen donde los aviones son pájaros (la comparación es antigua) aunque aquí son realmente aves que vuelan con tal limpidez que no deberían ser otra cosa. Pero el observador presiente que están condenados a volverse aviones de la muerte, de la soberbia, del escándalo. Y los barcos que son sombras o que son, apenas, el perfil que adquiere el mar en el horizonte: la generosidad del mar coagulada en una máquina impiadosa que instalará la desazón en medio de las aguas. Y la tierra escenario de luces. El desamor en forma de rayos luminosos: luces que se entrecruzan formando figuras aparentemente caprichosas y que uno sabe que son trayectorias finamente trazadas, calculadas por ingenios hábiles en la exactitud de la hecatombe. Luces ajenas a toda humanidad. Y brazos en alto sin cuerpos evidentes que, además, resultan innecesarios porque el brazo, la sombra del brazo, es la marca y el símbolo de la fuerza que presagia el abismo.
La fotografía se vuelve el lugar de encuentro de lo que fue. Un espacio en el que podemos reconocer los tiempos, porque sólo en el presente se hace evidente el pasado. Pero también es un anuncio. Walter Benjamín sabía que en la fotografía se descubre "el lugar inaparente en el cual, en una determinada manera de ser de ese minuto que pasó hace tiempo, anida hoy el futuro de manera tan elocuente que podremos descubrirlo mirando hacia atrás".
La verdad de la fotografía no está en lo que representa sino en la textura que la atraviesa, en esa "determinada manera de ser de ese minuto" que aconteció y que es irrepetible. Es la ocasión para que la fotografía sea arte. La fotografía, entonces, es más que aquello que el fotógrafo había decidido dejar fijado mediante alguna técnica. La fotografía, al rescatar aún lo que el fotógrafo no pudo ver, incluye al fotógrafo que, sorprendido, se encuentra a sí mismo en el revelado. Después de esta revelación, el fotógrafo puede asignarle un nombre; no para decir lo que quiso expresar, sino para leer lo que su propio trabajo le muestra. Cada una de las imágenes que ofrece Gabriel Valansi no tiene un nombre particular. Pero es imposible verlas al margen de la leyenda que las agrupa: ZeitGeist. Espíritu del tiempo que nos ha tocado vivir. Benjamin recuerda que ciertas fotografías de Atget fueron comparadas con un lugar del crimen y se pregunta: "¿Pero no es cada rincón de nuestras ciudades un lugar del crimen?" El coro de la tragedia podría hoy levantarse en un clamoroso interrogante: "¿Porqué todos los rincones del planeta se han vuelto testimonio de crímenes probables?"
El mal, no pensable ni describible, aparece entre los estratos de la sucesión fotográfica, en la intimidad de la materia que permitió la existencia de estas imágenes que se exponen ahora como si en ellas hubiera sedimentado una significación. En más de un sentido el espíritu de nuestro tiempo sólo admite ser interrogado entre los retazos de un devenir construido por la técnica. La guerra, como barbarie, se ha generalizado: la época parece convocar a la destrucción técnica de los hombres. Tal vez por eso los "hombres en guerra" que aparecen en algunas imágenes tienen algo de antiguo, como el descubrimiento pánico de lo que está detrás. La destrucción técnica de los hombres nada tiene que ver con la potencia destructora de algunos artefactos. El desdibujamiento de lo humano no es físico: se produce cuando los hombres depositan su alma en las máquinas. Entonces un miedo sin límites se aposenta sobre el mundo. Un miedo de tal dimensión que no deja lugar para reconocerlo.
El arte, a través de Gabriel Valansi, intenta violentar el espacio y recuperar la distancia que nos separa del miedo para que logremos saber más de nosotros mismos. Salir del miedo, dejar de ser poseídos por el miedo, volver a sentirlo, puede ser un gesto, tenue, para recobrar la imaginación.